Pequeños hechos sin importancia
A CONTRACORRIENTE
Por Ramón Peña Melche
Hay pequeños hechos sin importancia de la vida cotidiana que uno olvida injustamente, pero cuando son recuperados tienen un nuevo valor.
Por muchos años me vi obligado a manejar, solo y en un vehículo por muchas horas de mi vida, siempre atento a todo y a todos. Atento sin perder la concentración pues implicaría un pequeño desastre para la vida de más de una persona.
Atento al conductor que va delante de uno, no se sabe qué puede hacer y cómo puede reaccionar ante un hecho inesperado. Al que va al lado de uno, que puede sin mediar la menor provocación tomarse como un insulto personal y pensar que uno va compitiendo con él en una carrera. Si es un chamaco, no queda duda alguna que piensa que el mundo es de él y que sólo es de él, que se merece todo y todos nos tenemos que hacer de lado para que pase su majestad. Así es manejar en coche hasta el cansancio.
Los peatones son otro caso a revisar en la vida, se cruzan en cualquier tramo de la calle, lo mismo en la esquina que a media calle. Algo es seguro, pocos o ninguno lo hace sobre las rayas amarillas que es donde debe de cruzar el peatón. Puede salir de entre la carrocería destartalada de un micro, sin poner ninguna atención al cruzar, o salir de la nada volteando para el lado contrario al tráfico.
Lo más interesante son los jóvenes, ellos son los que sienten los reyes del mundo y todos debemos de rendirles pleitesía; cruzan lo más lento que pueden, sean hombres o mujeres, les vale que la luz verde los sorprenda a media calle, ellos no deben correr, son jóvenes y uno debe esperarlos. Ellas, sí, ellas se comportan como si fueran las mujeres más bellas y hermosas del mundo y por ese simple hecho hay que esperar que cruce su majestad. Ellos no son de esa manera, pero lo ven a uno con ojos de rencor, de odio, mostrando un gran resentimiento social, con la mirada de envidia en todo lo alto, sólo los observo pues a la menor provocación, pueden molestarse y entonces agredirlo, lo mejor es dejar que pasen. Eso era cuando andaba detrás de un volante.
Afortunadamente la vida le da a uno oportunidades para descubrir muchos y nuevos placeres. En algunos casos olvidados por el paso de los años, otros siempre presentes pues implicaron grandes y deliciosos momentos en la vida. De nuevo soy peatón y usuario del transporte público.
Decía que hay momentos que pese al transcurrir del tiempo no pueden ser olvidados, es más se siente una gran nostalgia por ellos. Cuando vivía en la ciudad de México me tomaba más de una hora llegar a la oficina, caminaba mucho para tomar el trolebús, me gusta por silencioso, porque no es contaminante y la falta de vibración permite leer.
Así disfruté de la obra completa Marcel Proust, J. Joyce, V. Woolf, sólo por mencionar algunos de mis autores favoritos. Claro está que se suman la horas pasadas en las cafeterías, una especialmente me parecía siempre interesante, el famoso café konditori, de zona rosa, donde tomar un café servido en una bella cafetera, con muy buen sabor y sobre de todo aroma, acompañado de un pastel danés siempre de primera. Eran las épocas que fumar no era delito en ningún lado, aunque no nunca faltaron las señoras mamilas a las que les molestaba el humo y simplemente les pedía que dejara de respirar en lo que fumaba mi cigarro, que eso no era un inconveniente para mí. Tomar el café, fumar unos cigarrillos y leer, sin importar los que lo rodean a uno, es uno de esos placeres que uno no puede olvidar y que siempre extrañé al llegar a Puebla. Es curioso pero ahora que lo pienso, viví una vida provinciana en la ciudad más grande del mundo, tan provinciana que aun la extraño.
Pero regreso al presente, al aquí y al ahora, no puedo leer en el camión o en el micro y si lo hago tengo el riesgo de sufrir el desgarre de la retina, pues la vibración del transporte es insoportable, pero no importa, lo compensan otras cosas. Las distancias que no son tan largas y se hace muy aceptable el descubrir nuevos placeres, algunos con un discreto encanto de la perversidad, otros como un brutal enfrentamiento con la realidad. No leer es quizá el más lamentable de todos, pero bueno la vida siempre compensa.
Por ejemplo, puedo tomar sólo un camión de mi casa hasta Ciudad Universitaria y pagar sólo $10.00 el viaje redondo. Si llevara mi vehículo propio, con eso no voy y vengo. Dos líneas me llevan, el Carmen San Antonio, que son más o menos prudentes si esa palabra puede explicar la forma de conducir un vehículo. La otra ruta es la 10, que tiene también su discreto encanto. Así que por eso no me quejo además de cuando los tomo van casi vacíos, puedo escoger el lugar de mi preferencia; cosa que experimento en estos días.
Ir sentado en los primeros asientos, es una experiencia francamente que trepidante y emocionante, la verdad sea dicha. El ruido del motor, pues los operadores lo llevan a decibelios mayores de lo que se puede esperar uno, le añaden una dosis adicional de adrenalina al viaje que nada compensa en la vida. Por ejemplo a mí que me dieron dos infartos, me estabiliza el a veces descontrolado latir de mi corazón, es una ayuda. El placer visual se multiplica, pues uno apuesta que no pasa por donde pretende, y me cae que pasó, se le encoje a uno todo, pero lo que se dice todo, se baja del micro o lo que sea, con una desconocida energía concentrada, que paga las consecuencias al ir al baño, pero una con otra, además que al ir al baño, se ejercitan los lagrimales, pues hasta llora uno al tener que relajar alguno de los esfínteres. Pero vamos, esas son cosas que le añaden valor.
Uno ve cómo se retan los peatones y los conductores, eso me encanta, pues excepto los muy grandes de edad, que el peso de los años los hacen ser mucho más prudentes y también hay veces que temerarios, pues se cruzan igual de imprudentes que siempre, la carrocería del camión o lo que demonios sea, les pasa materialmente a micras de su avejentado cuerpo y no me queda más que dar un aplauso a los temerarios conductores que tiene un capacidad de dimensionar extraordinaria, nada más ve uno como las canas se les mesan y les vuelan los hilachas, pero al final el bien y el mal por ese momento empatan el día de hoy. Es decir, no triunfó ninguno de los dos.
Dentro del camión se nota un micro cosmos que merece todo un tratado de las ciencias sociales, que por lo general están más preocupadas en otras cosas, en aquellos grandes problemas sociales en lugar de estos aspectos más terrenales de la vida.
Cuando se sube una señora o un señor con un niño en su brazo, si está sentado del lado del pasillo, más vale cabecear como un boxeador, pues de otra manera seguro que termina con un zapato con un poderoso olor a orines en la boca, o le pican a uno el ojo y lo llegue a perder por la infección; o simplemente por el santo catorrazo que le aseste a uno el chamaco. Este es otro aspecto, pero afortunadamente ya no se ve mal no dar el asiento, en mi juventud era obligatorio hacerlo, ahora todo indica, aunque mi experiencia es limitada, que no hay lío en ese sentido.
Otro de lo que llamo el oculto placer, es sentir el contacto de otros cuerpos, el ser tocado y frotado, es una sensación para mi casi olvidada y trae nuevas experiencias a los sentidos. Una cadera, una nalga femenina que lo rosa a uno en el hombro, un pequeño abdomen, firme si es de juventud o blando y caído si es de la madures, así como si la chica va vestida a la moda, pues se puede apreciar la vellosidad del abdomen que lo hace sensual y agradable a la vista, o si es joven pero no va la moda, de todas maneras se puede entrever con los ojos de la imaginación un físico atractivo. En otros momentos, se puede sentir de una manera muy efímera la caricia de un pubis angelical, como lo denominó atinadamente el escritor Manuel Puig, sobre el hombro de uno, una sensación que considero extrema por lo efímero, por toda la carga erótica que conlleva, por la brevedad del momento, apenas un contacto, breve, pero se vuelve eterno por la intensidad con que al menos yo lo puedo vivir.
Recuerdo un libro de cuentos muy intenso y sorprendente de Truman Capote, su título en el idioma original, me gusta leer en ese idioma es Other voices, other rooms. Si así es, son los menos los que nos hacen sentir su voz. Los que lo hacen, es apenas un susurro, un sonido lejano y distante, es más bajo que el murmullo del que nos habla Juan Rulfo en su imaginado Comala. No se entiende, no se sabe de qué hablan, puede ser de amor, si es una pareja, de hombres o de mujeres o mixta. Puede ser de un secreto contado a voces, puede ser una confesión de un acto vergonzante de su vida, uno nunca lo llega a saber. Aunque hay momentos, que se puede intuir lo que dicen, un par de abogados laboristas, seguro muy honestos, por viajar de traje en un camión del servicio público, que dejan caer un comentario sobre el cliente en cuestión. Otros se suben con sus audífonos, esos nada quieren saber del mundo, se auto excluyen del mundanal ruido.
Muchas pláticas son interesantes, al menos la escuche entre dos operadores, sobre el muy honesto y cuidadoso, siempre vigilante por sobre todo los supervisores de la tristemente célebre secretaría de comunicaciones y transportes, celosos custodios del reglamento. Se quejaban de que las mordidas estaban muy por arriba de lo “normal”. Casi grité de desesperación por lo que habían dicho, o sea que es “normal” dar la mordida, lo que no es tan “normal” que sea elevada. Pues el operador dijo $400.00 por un delito que fue inexistente. Me supongo que ese que recibe la mordida, no lo hace para él solo, le pasa su parte al que está encima de él y así hasta que, supongo, llega a manos y no lo dudo, del secretario, quién a su vez….., y así la cadena. Por eso es que estamos jodidos todos nosotros, usted y yo. Pero si llega a la caja de la Secretaría de Finanzas, la rata gris que anda allí y que está en un cargo menor, pero que ejerce un poder mayor, se encarga de que sea un ingreso adicional a la familia que está estratégicamente distribuida. Por eso se les puede ver volar en primera clase a Europa. Pero bueno, sé que a nadie le importa eso, al final seguirá el imperio de la porquería y la podredumbre. Pobres operadores, están jodidos por todos lados.
Por eso le pido a usted usuario que piense un poco cuando suba al transporte público y que ponga atención, mucha atención a lo que pasa a su alrededor. Adiós, ¡bajan!
Te extraño mucho, mi amigo, hermano y maestro
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