viernes, 15 de julio de 2011

El discreto encanto

A CONTRACORRIENTE

Por Ramón Peña Melche
El café es la bebida que tiene un discreto encanto. Este encanto sólo se descubre con el tiempo. La calidad implica otros dos encantos, el sabor y el aroma.

La más importante es la calidad del café. La clave de todo, un café de buena calidad siempre es muy disfrutable. Su fino y delicado sabor, un delicado aroma, que no sature el ambiente, esto se logra al servir el café a una temperatura ideal, solo de esa manera se obtiene la riqueza de esa exótica bebida. ¿Cómo toma su café el señor?, son palabras que hace mucho no se escucha en una cafetería. En el presente todo es premura, no hay tiempo ni para disfrutar de una buena comida, preparada con esmero por una chef, que el comensal ni disfruta, apenas si distingue un platillo del siguiente, por mucho que pague por ella. Ese no sabe lo que es disfrutar de la vida, de esos pequeños placeres hacen que la vida sea digna de ser vivida. Un buen café tampoco se toma con premura, hay que tener tiempo, darse el tiempo necesario para disfrutarlo.

Para tomar café se requiere de tiempo, pues es una bebida que no se toma fría, se toma con tiempo suficiente para disfrutarla. Una buena taza de café, se puede tomar de píe y de prisa, pero no se está disfrutando de ella.
El disfrute de la taza del café, no es solo el café mismo, la atmósfera del lugar, el tiempo siempre valioso para todos, quién toma un café sin tener tiempo, es perder un placer en la vida. Lo mejor es disponer del tiempo para disfrutar de la taza de café y sobre de todo esto, la plática con un amigo, aunque yo prefiero la compañía de una amiga. Me es estéticamente placentero observar, como la expresión de su corporalidad armoniza el café y ella. Disfruto de esos delicados movimientos, para tomar el sobre del azúcar, la forma delicada, casi etérea de mover la cuchara, cómo llevan la taza a la boca y apenas mojan los labios en la bebida. Lo disfruto horrores. Después la plática, que puede ser sobre las cosas más triviales, o de literatura, o de cine, o de lo que sea, en este momento poco importa, el café hace sentir todo, basta sentarse a disfrutarlo. Lo peor que se puede hacer es tomar café con un político, esos sí que desgracian todo. Son tan patéticos, que descomponen al café más fino. También para ser justo, los que se dan de intelectuales, son simplemente insoportables.
Pero el café tiene el placer de ser una de las pocas bebidas que se pueden tomar en la más absoluta soledad. La verdad sea dicha, no existe la más absoluta soledad, pues cabe siempre la posibilidad de estar con uno mismo, dialogando sobre las cosas más privadas, sobre las cosas más íntimas del ser, del saber y el poder estar con uno mismo. Esos momentos donde se reflexionan más que las cosas, los sentimientos, se precisan, se buscan y encuentran. Esa es otra de las bondades del café. Se puede tomar solo y sin compañía. Hay veces que es más disfrutable de esa manera.
Yo tomo el café sin azúcar, hace muchos años que lo hago de esa manera. Solo así puedo paladear de todo su sabor y la calidad de la bebida. El azúcar deja al café sin su sabor. Es como ponerle azúcar a la cerveza, para quitarle ese sabor amargo. No me gusta ponerle crema, leche, o esa porquería sintética que usan en el presente, me descompone completamente mi bebida, no es nada disfrutable, para eso tomo café. Me gusta en taza, puede o no tener decorados, adornitos, lo que quiera, pero no hay como una taza. No, por favor, no me den en vaso desechable, es como una mentada recibida aun en pijama.

¿Pero sabe una cosa querido lector?, tome el café como le dé su regalada gana y disfrute de él. No puedo dejar de reconocer que gracias a esas revolturas horripilantes que hacen con el café, los jóvenes regresaron a las cafeterías, bueno y que bueno.

En el presente hay algunos pocos buenos lugares donde puede disfrutar de todas las bondades del café. No importa el orden ni nada por el estilo, cada uno de ellos tiene su discreto encanto, lo dejo para que usted decida.
El café Aroma, en la tres poniente; efectivamente huele a café, ésa es su virtud. Una cafetería que aun huele a café. Aun se pueden ver la variedad de granos, su calidad, la mezcla de la casa; comprarlo por kilo o sólo por taza. Un lugar agradable, pero no sé porque, no se me hace un lugar acogedor. Madera, poca luz, la música es francamente un desastre, muy mala música, si tan solo la pusieran en un volumen más bajo, y de jodida, una buena estación, pero eso sería pedirle olmos a los perales. En alguna mesa una señora lo verá con expresión severa, siempre entretenida con los juegos de palabras, es la propietaria. El lío es que no hay estacionamiento y esa calle nunca encuentra uno lugar, enfrente a la cafetería, hay un estacionamiento pero cuesta $12.00 la hora. Al final se paladea un muy buen café acompañado de un exquisito aroma. Vale la pena.

Un lugar verdaderamente disfrutable, es Mestiza, pequeño, acogedor, decorado con una extraordinaria delicadeza y muy buen gusto. El café es de primera, la pastelería ni que decir, las gelatinas muy ricas, los viernes, una comida franciscana viene bien. Las sillas son de esas llamadas de director, rechinan al menor suspiro del cafeinómano, pero no es molesto, es más puede ser hasta agradable, una imperfección entre tanto buen gusto, le da un toque humano. Autoservicio ¡magnífico!, para los espíritus independientes, pide en barra y lleva a tu mesa, a los clientes habituales nos identifican por nuestro nombre, nos avisan que está atendida nuestra orden. La música es de una muy buena calidad, aunque hay veces que se emocionan y la ponen en un volumen que bien puede ser molesto para un chocoso como yo, pero es disfrutable. Es muy íntimo, muy personal no solo en el trato, siempre hay una gran proximidad con los parroquianos, por eso no es un lugar para contar secretos, es imposible decir un secreto, a menos que sea sordomudo y use el lenguaje apropiado para platicar. Para el resto de los mortales, no se puede, nada de pretender seducir a una bella mujer, todos se enteran de sus negras intenciones. Cabe la posibilidad de que le animen, pero lo dejo bajo su responsabilidad. Mestiza fue pensada para el que disfruta de todo en la vida, para los hedonistas como yo, el placer en los cinco sentidos. Eso sí, lleve un buen libro, una revista, o de plano sea desinhibido, hable de lo que se le dé la regalada gana, al final es cosa de cada quién. Uno de los pocos lugares verdaderamente disfrutables.

Otro lugar donde puede uno pasar un buen rato tomando un café de una regular calidad, es Punta de Cielo. La primera vez que entré en contacto con este lugar fue en una gasolinera en San Luis Potosí. El café se me hizo exquisito, me conecté a internet sin mayor problema. El auto servicio me pareció muy bueno, no hay molestos jóvenes que lo anden a uno apurando y arriando con el café. Los tres tamaños que sirven, siempre el mediano es mi elección, pues no se enfría y lo disfruta plenamente. Al fin llegó a Puebla, desde que llegó la calidad del café no es la misma que probé por primera vez. Regular, nada fuera de un café común. La facilidad de internet, que es ahora una necesidad que ni duda cabe. Lo molesto, es que es punto de reunión de la mezquina burguesía poblana, niñas bonitas, niños igual, cabecitas huecas, hablan con un volumen exagerado de sus vacías vidas que no llenan ni con un fin de semana de compras en Rodeo Drive. Caras que paren oler caca todo el tiempo. Todo tiene solución en la vida, unos audífonos son más que suficiente para no oír nada. Un buen libro es mejor compañía. Usted tome su café y asunto terminado. Eso sí en vaso desechable.
Otro lugar que es muy parecido al anterior el Starbucks, confieso que me gusta más, el café más o menos de calidad, lo puede uno pedir en taza, amables los jóvenes que los atienden, hasta parece que de verdad lo esperan a uno, una sonrisa, y no una cara de perro como en otros lugares, tu pides y te llevas a tu mesa, eso si te llaman por tu nombre. Si te llamas Pancracia, dices Pam y asunto terminado. Me gusta como lo dije arriba, un lugar disfrutable, el aire acondicionado siempre solicito que lo prendan, pues es tan caluroso el interior como el exterior. Punto de reunión de ya lo dije antes, así que se resuelve el problema. Un buen lugar para trabajar, para estar. El autoservicio tiene sus consecuencias, la gente en este país, no se lleva su basura, la deja en la mesa, hay veces que parece que comió una piara, pero bueno, una mirada severa, los hace regresar. Si no los jóvenes que atienden limpian y san se acabó. Eso sí, no huele a café más que con buena voluntad.

Hay un lugar con buen café, buena pastelería, tiene de todo un poco, en la 43 poniente, es creo N. Y. Coffee, caro como si lo tomara en N. York. Elitista, pero para eso es la democracia, para joder la exclusividad. Vale la pena. Pero más caro, sólo el Tartlets o algo así, pero no me gusta. Un buen lugar de ligue de señoras de edad mediana, con mente de la edad media, pero lance el pial y haber que pica, bajo responsabilidad suya.

Hace años, se inició una cadena de cafeterías que se llaman Italian Coffee. Muy al principio, la calidad del café buena, con momentos mejores; en el presente malo, muy malo. Cómodo, con servicio de internet. Codos hasta la saciedad, no se puede uno conectar a la energía eléctrica, solo en algunos, pero siempre son los peores lugares. Si le gustan esas revolturas, bueno, serán las delicias de su vida, gracias pero paso sin probar. Caro, pero que digo, muy caro sinceramente, pero al final como florecen como los hongos en la temporada de lluvias, pues es casi un lugar de visita obligatoria. Otra de las cosas no me gusta el servicio son jóvenes en un empleo temporal y no creo que existan estímulos para su permanencia, esto puede explicar el servicio que tienen. Además los propietarios no lo ven como un café, es un negocio, en donde lo único importante es hacer consumir y la mejor manera es terminaste tu café, paga y adiós. No, no me gusta ese lugar, pero debo de reconocer que al final, uno pasa a tomar un café a la carrera.




de Peña Melche

Pequeños hechos sin importancia

A CONTRACORRIENTE

Por Ramón Peña Melche
Hay pequeños hechos sin importancia de la vida cotidiana que uno olvida injustamente, pero cuando son recuperados tienen un nuevo valor.

Por muchos años me vi obligado a manejar, solo y en un vehículo por muchas horas de mi vida, siempre atento a todo y a todos. Atento sin perder la concentración pues implicaría un pequeño desastre para la vida de más de una persona.
Atento al conductor que va delante de uno, no se sabe qué puede hacer y cómo puede reaccionar ante un hecho inesperado. Al que va al lado de uno, que puede sin mediar la menor provocación tomarse como un insulto personal y pensar que uno va compitiendo con él en una carrera. Si es un chamaco, no queda duda alguna que piensa que el mundo es de él y que sólo es de él, que se merece todo y todos nos tenemos que hacer de lado para que pase su majestad. Así es manejar en coche hasta el cansancio.

Los peatones son otro caso a revisar en la vida, se cruzan en cualquier tramo de la calle, lo mismo en la esquina que a media calle. Algo es seguro, pocos o ninguno lo hace sobre las rayas amarillas que es donde debe de cruzar el peatón. Puede salir de entre la carrocería destartalada de un micro, sin poner ninguna atención al cruzar, o salir de la nada volteando para el lado contrario al tráfico.

Lo más interesante son los jóvenes, ellos son los que sienten los reyes del mundo y todos debemos de rendirles pleitesía; cruzan lo más lento que pueden, sean hombres o mujeres, les vale que la luz verde los sorprenda a media calle, ellos no deben correr, son jóvenes y uno debe esperarlos. Ellas, sí, ellas se comportan como si fueran las mujeres más bellas y hermosas del mundo y por ese simple hecho hay que esperar que cruce su majestad. Ellos no son de esa manera, pero lo ven a uno con ojos de rencor, de odio, mostrando un gran resentimiento social, con la mirada de envidia en todo lo alto, sólo los observo pues a la menor provocación, pueden molestarse y entonces agredirlo, lo mejor es dejar que pasen. Eso era cuando andaba detrás de un volante.
Afortunadamente la vida le da a uno oportunidades para descubrir muchos y nuevos placeres. En algunos casos olvidados por el paso de los años, otros siempre presentes pues implicaron grandes y deliciosos momentos en la vida. De nuevo soy peatón y usuario del transporte público.

Decía que hay momentos que pese al transcurrir del tiempo no pueden ser olvidados, es más se siente una gran nostalgia por ellos. Cuando vivía en la ciudad de México me tomaba más de una hora llegar a la oficina, caminaba mucho para tomar el trolebús, me gusta por silencioso, porque no es contaminante y la falta de vibración permite leer.

Así disfruté de la obra completa Marcel Proust, J. Joyce, V. Woolf, sólo por mencionar algunos de mis autores favoritos. Claro está que se suman la horas pasadas en las cafeterías, una especialmente me parecía siempre interesante, el famoso café konditori, de zona rosa, donde tomar un café servido en una bella cafetera, con muy buen sabor y sobre de todo aroma, acompañado de un pastel danés siempre de primera. Eran las épocas que fumar no era delito en ningún lado, aunque no nunca faltaron las señoras mamilas a las que les molestaba el humo y simplemente les pedía que dejara de respirar en lo que fumaba mi cigarro, que eso no era un inconveniente para mí. Tomar el café, fumar unos cigarrillos y leer, sin importar los que lo rodean a uno, es uno de esos placeres que uno no puede olvidar y que siempre  extrañé al llegar a Puebla. Es curioso pero ahora que lo pienso, viví una vida provinciana en la ciudad más grande del mundo, tan provinciana que aun la extraño.

Pero regreso al presente, al aquí y al ahora, no puedo leer en el camión o en el micro y si lo hago tengo el riesgo de sufrir el desgarre de la retina, pues la vibración del transporte es insoportable, pero no importa, lo compensan otras cosas. Las distancias que no son tan largas y se hace muy aceptable el descubrir nuevos placeres, algunos con un discreto encanto de la perversidad, otros como un brutal enfrentamiento con la realidad. No leer es quizá el más lamentable de todos, pero bueno la vida siempre compensa.
Por ejemplo, puedo tomar sólo un camión de mi casa hasta Ciudad Universitaria y pagar sólo $10.00 el viaje redondo. Si llevara mi vehículo propio, con eso no voy y vengo. Dos líneas me llevan, el Carmen San Antonio, que son más o menos prudentes si esa palabra puede explicar la forma de conducir un vehículo. La otra ruta es la 10, que tiene también su discreto encanto. Así que por eso no me quejo además de cuando los tomo van casi vacíos, puedo escoger el lugar de mi preferencia; cosa que experimento en estos días.

Ir sentado en los primeros asientos, es una experiencia francamente que trepidante y emocionante, la verdad sea dicha. El ruido del motor, pues los operadores lo llevan a decibelios mayores de lo que se puede esperar uno, le añaden una dosis adicional de adrenalina al viaje que nada compensa en la vida. Por ejemplo a mí que me dieron dos infartos, me estabiliza el a veces descontrolado latir de mi corazón, es una ayuda. El placer visual se multiplica, pues uno apuesta que no pasa por donde pretende, y me cae que pasó, se le encoje a uno todo, pero lo que se dice todo, se baja del micro o lo que sea, con una desconocida energía concentrada, que paga las consecuencias al ir al baño, pero una con otra, además que al ir al baño, se ejercitan los lagrimales, pues hasta llora uno al tener que relajar alguno de los esfínteres. Pero vamos, esas son cosas que le añaden valor.

Uno ve cómo se retan los peatones y los conductores, eso me encanta, pues excepto los muy grandes de edad, que el peso de los años los hacen ser mucho más prudentes y también hay veces que temerarios, pues se cruzan igual de imprudentes que siempre, la carrocería del camión o lo que demonios sea, les pasa materialmente a micras de su avejentado cuerpo y no me queda más que dar un aplauso a los temerarios conductores que tiene un capacidad de dimensionar extraordinaria, nada más ve uno como las canas se les mesan y les vuelan los hilachas, pero al final el bien y el mal por ese momento empatan el día de hoy. Es decir, no triunfó ninguno de los dos.

Dentro del camión se nota un micro cosmos que merece todo un tratado de las ciencias sociales, que por lo general están más preocupadas en otras cosas, en aquellos grandes problemas sociales en lugar de estos aspectos más terrenales de la vida.

Cuando se sube una señora o un señor con un niño en su brazo, si está sentado del lado del pasillo, más vale cabecear como un boxeador, pues de otra manera seguro que termina con un zapato con un poderoso olor a orines en la boca, o le pican a uno el ojo y lo llegue a perder por la infección; o simplemente por el santo catorrazo que le aseste a uno el chamaco. Este es otro aspecto, pero afortunadamente ya no se ve mal no dar el asiento, en mi juventud era obligatorio hacerlo, ahora todo indica, aunque mi experiencia es limitada, que no hay lío en ese sentido.

Otro de lo que llamo el oculto placer, es sentir el contacto de otros cuerpos, el ser tocado y frotado, es una sensación para mi casi olvidada y trae nuevas experiencias a los sentidos. Una cadera, una nalga femenina que lo rosa a uno en el hombro, un pequeño abdomen, firme si es de juventud o blando y caído si es de la madures, así como si la chica va vestida a la moda, pues se puede apreciar la vellosidad del abdomen que lo hace sensual y agradable a la vista, o si es joven pero no va la moda, de todas maneras se puede entrever con los ojos de la imaginación un físico atractivo. En otros momentos, se puede sentir de una manera muy efímera la caricia de un pubis angelical, como lo denominó atinadamente el escritor Manuel Puig, sobre el hombro de uno, una sensación que considero extrema por lo efímero, por toda la carga erótica que conlleva, por la brevedad del momento, apenas un contacto, breve, pero se vuelve eterno por la intensidad con que al menos yo lo puedo vivir.

Recuerdo un libro de cuentos muy intenso y sorprendente de Truman Capote, su título en el idioma original, me gusta leer en ese idioma es Other voices, other rooms. Si así es, son los menos los que nos hacen sentir su voz. Los que lo hacen, es apenas un susurro, un sonido lejano y distante, es más bajo que el murmullo del que nos habla Juan Rulfo en su imaginado Comala. No se entiende, no se sabe de qué hablan, puede ser de amor, si es una pareja, de hombres o de mujeres o mixta. Puede ser de un secreto contado a voces, puede ser una confesión de un acto vergonzante de su vida, uno nunca lo llega a saber. Aunque hay momentos, que se puede intuir lo que dicen, un par de abogados laboristas, seguro muy honestos, por viajar de traje en un camión del servicio público, que dejan caer un comentario sobre el cliente en cuestión. Otros se suben con sus audífonos, esos nada quieren saber del mundo, se auto excluyen del mundanal ruido.


Muchas pláticas son interesantes, al menos la escuche entre dos operadores, sobre el muy honesto y cuidadoso, siempre vigilante por sobre todo los supervisores de la tristemente célebre secretaría de comunicaciones y transportes, celosos custodios del reglamento. Se quejaban de que las mordidas estaban muy por arriba de lo “normal”. Casi grité de desesperación por lo que habían dicho, o sea que es “normal” dar la mordida, lo que no es tan “normal” que sea elevada. Pues el operador dijo $400.00 por un delito que fue inexistente. Me supongo que ese que recibe la mordida, no lo hace para él solo, le pasa su parte al que está encima de él y así hasta que, supongo, llega a manos y no lo dudo, del secretario, quién a su vez….., y así la cadena. Por eso es que estamos jodidos todos nosotros, usted y yo. Pero si llega a la caja de la Secretaría de Finanzas, la rata gris que anda allí y que está en un cargo menor, pero que ejerce un poder mayor, se encarga de que sea un ingreso adicional a la familia que está estratégicamente distribuida. Por eso se les puede ver volar en primera clase a Europa. Pero bueno, sé que a nadie le importa eso, al final seguirá el imperio de la porquería y la podredumbre. Pobres operadores, están jodidos por todos lados.

Por eso le pido a usted usuario que piense un poco cuando suba al transporte público y que ponga atención, mucha atención a lo que pasa a su alrededor. Adiós, ¡bajan!